A-
Afirman los pocos
que tuvieron acceso al Libro de los Acuerdos, que en él se asegura que la Exactitud necesitó
introducir el +Azar en nuestro Universo para hacerlo menos previsible, con el
propósito de que los hombres no puedan adivinar su futuro[1].

Esta frase que
encontré en el relato de un autor desconocido se relaciona con la historia que ayer
a la tarde, cuando los porteños nos quejábamos de los 37 grados a la sombra y
mirábamos esperanzados la promesa de alivio que se acercaba desde el sur en
forma de cúmulos, me contó Germán, el Eterno en La Fosa , mientras sostenía una
copa de ginebra en cada mano.
-B-
-Estela –me dijo
mientras bebía de su copa izquierda- era poderosa, rectangular y seductora. Sus
años de vagabundeo por los confines de lo siniestro, habían hecho de la
muchachita de Benavidez, una hermosa hembra en cuya mirada se leía el desprecio
por todo lo que no fuera imprescindible para satisfacer sus deseos.
-Me estoy
enamorando de ella-le dije sonriendo
-Enrique era frágil
y delicado –siguió- Deambulaba absorto por las pequeñas cosas que los demás
pasajeros (de este mundo) atropellaban casi con negligencia; pronunciaba
lentamente cada palabra mientras desenvolvía cuidadosamente sus pensamientos y
sus actos correspondían perfectamente con la lasitud de su cerebro –de esta
forma concisa, me los definió a ambos Germán, el Eterno sin hacer caso de mis
tonterías y al terminar de hablar, pidió al mozo que le llenara nuevamente su
vaso derecho.
-Sin embargo,
Estela y Enrique fueron hechos el uno para el otro –me dijo-. Así lo habían
decidido en algún lugar antes del tiempo, Las Fuerzas de los Siete Arcanos, (Las Fuerzas de los
Siete Arcanos) quienes se pusieron de acuerdo para que ellos dos se encontraran en un
exacto segundo, en el preciso lugar; se enamoraran al cruzar sus miradas y
engendraran en ese amor sublime aquel hijo que, en cuatro generaciones más,
será el que con sus acciones, haga crecer la semilla del Hombre Nuevo.
Sencillamente eso. –dijo Germán, el Eterno mientras bebía de su vaso izquierdo
y me miraba como queriendo saber si iba comprendiendo-, sencillamente eso.
-Hubo ocasiones, +Canuto –dijo llamándome por mi nombre- en que el entramado del destino pareció
alejarlos. Así sucedió en aquella oportunidad cuando los padres de Enrique
debieron huir de los sicarios de la dictadura y asilarse en Europa.
Me dirigió una
nueva mirada interrogativa.
-Muchos años pasó
Enrique en Italia –continuó- mientras Estela, sin sospechar su existencia
acompañaba a sus padres en la chacra de Benavidez y cursaba sus estudios
primarios en la escuelita del Tigre.
-Cuando después de
mucho tiempo de dolor y saqueo en nuestra tierra, Las Fuerzas de los Siete
Arcanos permitieron destruir el proyecto mesiánico de la dictadura y
posibilitaron a los padres de Enrique volver al país, Enrique, que le había tomado
el gustito al primer mundo, decidió quedarse a vivir en Europa. En poco menos de
dos años ya tenía su novia finlandesa y estaban esperando un hijo.
Se detuvo unos
instantes para observar el polvo arrastrado por las primeras ráfagas de pampero
que llegaba del suroeste.
-Estela, en cambio,
se encaminaba firmemente hacia su inverosímil vocación religiosa y sus padres,
con alarma descubrieron que la única hija tenía intención de hacerse monja– continuó,
poniendo cara de asco, Germán el Eterno, mientras volvía a beber de su vaso
derecho.
-Para alejarla de
esas malas decisiones, pensaron que lo mejor iba a ser un viajecito que le
mostrara las delicias de la vida mundana y la alejara del curita aquel que la
tenía enamorada. Así fue como madre, padre e hija (la eterna trilogía)
partieron de vacaciones hacia la prosaica España, la controvertida Italia y la
esparcida Grecia.
-Precisamente allí,
en Grecia, fue donde casi se produce el primer encuentro entre Enrique y
Estela. Un jueves de mayo, mientras ella descendía del tren en Atenas, él
partía -con su novia finlandesa- en barco hacia el Peloponeso y una semana
después, mientras ella se embarcaba hacia Ítaca, él abordaba –sólo- un avión rumbo
a España y pese a que el aroma del amor flotaba en la maravillosa luz de Grecia,
nada sucedió entre ellos. No era el momento previsto por Las Fuerzas de los
Siete Arcanos para el encuentro. Sencillamente eso, Canuto.
Quise decir algo,
pero me interrumpió con un gesto de su mano, y luego de 3 segundos de silencio,
continuó diciendo:
-Si de alguna forma
pudiéramos dibujar el camino que siguieron nuestros pasos desde el momento de
nacer hasta la muerte habremos escrito en algún incomprensible lenguaje, la
trayectoria de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos y si lográramos
descifrar esos signos, todo nos resultaría tan claro como claro fue el día de
Primavera en que Estela y Enrique no se conocieron; entonces, Canuto,
dejaríamos de lamentarnos por las cosas que nos dejaron de pasar, que se nos
fueron de las manos, porque sabremos que ellas, van a suceder en su exacto momento
o no van a suceder por ser necesario que no sucedan. Por eso –me dijo Germán,
el Eterno mientras seguía bebiendo de su vaso derecho-, ahorrate lamentaciones
por el desencuentro en Grecia, porque aún no era el tiempo. Sencillamente eso,
Canuto.
-C-
-La novia
finlandesa de Enrique, adicta a los entuertos, a los latinos y al hachís, un
buen día –bueno para Las Fuerzas de los Siete Arcanos, se entiende-, le dejó una
nota sobre la cama donde le hablaba del aborto que se había hecho, del nuevo novio
portugués y de la necesidad de partir a un lugar donde jamás la encontrara la
supina paciencia de Enrique.
-Estela -en un mal
día para Las Fuerzas de los Siete Arcanos- se enamoró perdidamente de Estela,
su compañera de último año del colegio secundario de Tigre, a la vez que
descubría cuan insulso había sido el sexo con todos los compañeritos-conejitos
que hasta ese momento había conocido.
-Pero ya sabemos
que si Las Fuerzas de los Siete Arcanos, pueden destruir una dictadura, bien
pueden enfrentarse a Lesbos, no te preocupes por esto, chiquito -me aclaró
Germán, el Eterno, viendo mi cara de confusión.
-Enrique, ya de
regreso en el país, desencantado de Europa, pero sobre todo de las europeas
-continuó- comenzó a trabajar en una empresa petrolera que lo destinó a la
ignota y lejana +Pico +Truncado y sus tareas lo llevaron a pasar mucho tiempo en
el campo, donde, aparte de trabajar, estudiaba guijarros, guanacos, ñandúes y nubes
en un cielo que de tan rojo, parecía los suburbios del infierno.
-Una tarde
especialmente quieta, mientras nuestro amigo Enrique recorría los aledaños del +Cerro Mesa, se quedó observando la estela de vapor que señalaba el recorrido de
un avión a gran altura; sin siquiera sospechar que en ese avión iba Estela, a
quien debía conocer en el momento supremo de su vida, con su novia Estela al
Calafate para pasear por el glaciar. Lo distrajo el tono verdoso que de pronto
y por varios minutos, tomó la luz de sol y olvidó la estela del avión[2]
–con dos nuevos sorbos, uno al vaso izquierdo y otro al derecho, dijo Germán el
Eterno, mientras con delectación se observaba que en la calle de “La Fosa ”, el viento anunciaba decididamente
la esperada tormenta.
El problema de
hablar con Germán, el Eterno, es que él se sabe dueño de todo el tiempo y mi
cara debe haber demostrado la impaciencia que su lentitud en el relato me
causaba, porque me dijo:
-Canuto pedite una
ginebra, que te veo tenso.
Una vez que Heriberto,
el Mozo me la sirvió, continuó:
-Vos, Canuto, estás
ansioso por ir a comer el asado que te sobró anoche y solamente porque la
lluvia me pone feliz -y mi felicidad la disfruto mejor en soledad-, la voy a
hacer corta, obviándote la descripción de las muchas veces en que Estela bajó
del colectivo al que en la siguiente parada subió Enrique, o cuando Enrique era
el tipo que estaba dos personas más adelante de donde estaba Estela en la fila
del banco o esa vez que se cortó la luz y él no pudo tomar el ascensor donde venía
bajando ella –me dijo Germán, el Eterno compadeciéndose de mí.
-D-
-El día previsto
para el encuentro entre Estela y Enrique –prosiguió- ella, ya había cambiado a
su amor Estela por su nuevo amor Felicitas con quien compartía un departamento
cerca de la plaza de Felipe Vallese y Colpayo ¿la ubicás?
- Si, está acá, por
Caballito-le respondí-
-…mientras que
Enrique, tenía que retirar su auto de un taller de afinado que queda justo
enfrente a esa plaza –ignoró mi respuesta Germán, el Eterno.
-Te podría
describir, Canuto, cada lugar exacto del Universo donde comenzaron a sonar las
trompetas. También te podría decir de quiénes eran los ojos que espiaban
aquello que estaba por suceder y que tantos siglos de planificación le insumió
a Las Fuerzas de los Siete Arcanos, pero como estoy
seguro que te quedarías tan en babia como estás ahora, mejor te ahorro los
detalles y las conmociones que causó en muchas galaxias a la redonda ese
encuentro, –dijo Germán, el Eterno- En compensación, te pido que lo llames al mozo
porque se me vaciaron los vasos y vos sabés, que mal puedo contarte algo con
los labios tan secos. Sencillamente eso te pido, Canuto.
Una vez servido,
continuó:
-El día era de lo
más normal. Como hoy, Buenos aires hervía aún por los 37 grados de esa tarde de
febrero y las madres, con la excusa de cuidar a sus hijos, conversaban a la
sombra de la torre de 35 pisos que, por lo visto, para darnos un poco de
sombra, al menos sirvió, pese a las protestas de los vecinos tranquilos de Caballito[3]
–continuó Germán el Eterno, una vez que salomónicamente bebió de ambos vasos.
-Todo el poder de
Las Fuerzas de los Siete Arcanos estaba concentrado
en el encuentro de la pareja que de aquí a cuatro generaciones, daría comienzo
al Hombre Nuevo y te aseguro, Canuto, que nada, nada, nada se movía en los cielos.
-Estela -continuó-,
como el aire frío que nos iba a traer la tormenta, llegó a la plaza desde el
sur, viniendo desde la calle Mendes de Andés con su remera top de flecos y el
short deshilachado por el uso. Fijate vos, Canuto, que venía pensando en que
esa noche iba a preparar pescado y a descorchar la botella de vino blanco que
le regaló Felicitas y que hacía una semana se enfriaba en la heladera.
-Sucede siempre así
–comenzó a filosofar Germán, el Eterno- Es la calma que precede a la gran
tormenta y de repente todo es vértigo. Sencillamente eso, chiquito,
sencillamente eso.
-Enrique, como el
sol, llegó desde el este, desde Honorio, donde había bajado del 92[4],
pensando que con ese calor, si no le tenían listo el auto, iba a tomar un taxi
con aire acondicionado para volverse a Flores, donde vivía en la casa que había
sido de sus padres.
-Las mamás de los
nenes que jugaban en el arenero seguían con sus charlas a la sombra del
edificio de 35 pisos.
Un nene lloró y una
mujer acudió a consolarlo.
-El Universo
–atento, seguro y tranquilo- contemplaba con millones de ojos el suave
deslizarse de la historia dentro de los cauces programados por Las Fuerzas de
los Siete Arcanos.
-E-
Estela alzó la
vista y lo vio como a media cuadra. No hubo luces de colores danzando en el
cielo, ni el trinar acompasado de miles de pájaros. Nada, nada le dijo que ese
muchacho de bermudas, ojotas, remera arrugada, mal afeitado, desgarbado y con
lentes es aquel a quien el Universo le destinó para, que juntos, inicien la raza
del Hombre Nuevo.
-Nada ni nadie se
lo dijo, pero así estaba previsto desde los comienzos de todos los Tiempos, y
quizá, en algún lugar muy, muy en su interior, ella lo sabía.
Enrique miró hacia
su izquierda para cerciorarse de poder cruzar Colpayo y la vio. Pensó “¡qué
buena que está aquella flaca!” e inició el cruce que daría comienzo al Hombre
Nuevo.
-Casi en el otro
cordón los ojos de Enrique se detuvieron en un cascarudo que luchaba tenazmente
contra decenas de hormigas coloradas que querían desguazarlo antes que se
desatara la tormenta que ya se cernía sobre Caballito.
Se puso en
cuclillas pensando que él, en ese momento, era como dios y con solo agitar la
ramita de siete hojas que había recogido del suelo podía decidir el futuro de
la batalla entre las hormigas y el cascarudo.
-Si lo hago –pensó-
quizá dentro de unos cuantos miles de años se escriba El Gran Libro donde se
relate como el dios de los cascarudos, lo guió en esta gloriosa batalla contra
innúmeros y feroces enemigos y se describa en su capítulo III, llamado también
el Libro de las Exégesis, cómo aquel cascarudo que salió airoso de la batalla en
la cual, del lado de los múltiples enemigos, hubo demonios y del lado del
cascarudo estuvo dios en persona agitando su espada de 7 filos; fue padre de
los profetas y de las victoriosas naciones que de ellos se derivaron –dijo
Germán, el Eterno medio entre sonrisas.
Enrique dudó que
fuera ético intervenir, dado que eso que estaba sucediendo entre el cascarudo y
las hormigas coloradas, no era más que el ciclo natural de la vida.
Después de unos
instantes volvió a arrojar al piso la ramita de 7 hojas y se levantó, dejando
que el Universo animal se las apañara por sí mismo.
Cuando lo hizo, Estela
estaba como a cinco metros de él…alejándose.
Ella lo vio a él
acuclillado.
Él no la vio a ella
pasar.
Sus miradas jamás
se cruzaron.
Ella lo miraba a
él; él estaba mirando la eterna guerra de las hormigas coloradas contra los
cascarudos.
-F-
Las mamás, una a
una fueron sacando a sus hijos del arenero y los llevaron a casa, donde los
bañaron, alimentaron y pusieron frente a la tele.
Las hormigas desguazaron
al cascarudo y en pedacitos se lo llevaron al hormiguero.
Enrique llevó el
auto afinado a su casa de Flores.
Estela y Felicitas llevaron
a pasear su caniche y después comieron pescado con salsa blanca, bebieron vino
blanco y se hicieron el amor.
Exactamente a las
20:25, hora en que Estela y Enrique deberían haber estado fifándose en el
“telo” de la calle Avellaneda al 300 de Caballito, se desató la tormenta de
agua y granizo y pampero, que nos alivió del calor, al menos por esa noche.
-Sencillamente eso,
Canuto, –finalizó su historia Germán, el Eterno, sacándome de mis ensueños al
depositar con fuerza su vaso izquierdo en la vieja mesa de madera del bar La Fosa- …sencillamente eso.
-G-
Aún confundido por
el sentido –inaprensible- de la historia, llamé al mozo, pagué y sin saludar a
Germán, el Eterno quien ya estaba disfrutando en una infranqueable soledad la
inminente llegada de la tormenta, salí de La Fosa.
Pensé que podía
llegar a casa antes que se desatara la tormenta, pero debía pasar por el
supermercado a comprar algún vinito bueno ya que no tenía nada para tomar esa
noche con el resto del asado de ayer.
Hacia allá iba
cuando se desató la tormenta con toda su furia.
Estaba por cruzar
la calle Avellaneda y me guarecí en el kiosco de la esquina[5]
hasta que cambió el semáforo.
Agua, granizo y
pampero. Me fijé la hora. Eran las 20:25 y calculé que llegaría con tiempo al
mercado.
Contento pensé que
al menos esa noche en Buenos Aires, se iba a poder dormir con fresco.
(Sencillamente eso)
[1] “No es un castigo ni es un premio: sucede que nuestras vidas tienen un
significado exactamente opuesto a la del tigre de Bangladesh o a la de la niña
colombiana. Quienes tenemos asignados cantidades de tiempo con el estigma de la
periodicidad en nuestros días de vida, simplemente somos el equilibrante que la Exactitud precisó para
introducir el Azar en el Universo”. Del Camino, Jorge. El Libro de los
Acuerdos. http://leyendasdelcamino.blogspot.com/.
2009
[2] En El Libro de las
Pirámides Rojizas se hace esta referencia: “Frente a la plaza Sarepramanda de
New Delhi vive un niño autista que en la escuela donde concurre, al intentar
dibujar la foto de una formación en “V” de aves migratorias, plasmó en el papel
un paisaje con muchos detalles. Su maestra, sorprendida, mostró el dibujo al
pintor sueco y miembro de la
Logia Gran Fraternidad Homogénea, Olaf Jungensen, quien de
inmediato identificó al Mont Pico Truncado, ubicado en la +Patagonia , al sur de
América. El día anterior, 19 de junio de 1970, el sol del atardecer, tuvo un
llamativo tinte verdoso que sorprendió a todos en New Delhi e incluso fue nota
en el periódico de mayor circulación en la ciudad, el Magister Post”. Longsam Rampa. El Ojo Oculto con
ilustraciones. Pág. 25 a
31 y Pág. 72. Ed. True. London 1971.” .
El Mont Pico Truncado, se encuentra a escasos 5 kilómetros del Cerro
Mesa, desde el cual Enrique se interesa por el tono verdoso de la luz solar (N
del A)” Del Camino, Jorge. El
Libro de las Pirámides Rojizas. http://leyendasdelcamino.blogspot.com/
.2009.
[3] El barrio de +Caballito tiene aproximadamente 4 kilómetros cuadrados
y 200.000 habitantes, lo que da un promedio de 50.000 habitantes por kilómetro
cuadrado. Los vecinos tranquilos de Caballito entienden que esas enormes torres
que se están construyendo, lo mismo que los “shoppings” no solamente modifican
la estética del barrio, sino que contribuyen a agravar el problema de los
servicios esenciales que ya se encuentran al límite de su saturación desde hace
años (N. del E)
[4] El autor se refiere a la Avenida
Honorio Pueyrredón y a la línea de micros nº 92, que circula
por ella. (N del E)
[5] Es el mismo kiosco que fue asaltado y le quebraron el vidrio de la
heladera, según relata este mismo autor en su cuento “El Kubla Khan”. Del
Camino, Jorge. El Kubla Khan. http://leyendasdelcamino.blogspot.com/
.2009. (N del E).