Esa noche de fines de agosto, cuando salimos del Café Literario del pueblo, ya había dejado de nevar y el viento del oeste arrastraba restos de nubes, que ocultaban de a ratos la luna llena. No hacía frío en Pico Truncado y decidimos caminar las tres cuadras que nos separaban hasta la casa de Aurora, donde sabíamos que nos esperaban las delicias de un bar muy bien surtido.-Muy de Lovecraft- dijo alguien del grupo que marchaba a la cabeza.
Susana y yo íbamos detrás, hablando de libros mientras yo, con disimulo, trataba de distinguir en la oscuridad