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Depresion continental




















Vieja designación de la mítica  Ruta Nacional 40 en el pueblo de Bajo Caracoles, Provincia de Santa Cruz, Patagonia Argentina

Todos sabemos que el Cerro Aconcagua, situado en Mendoza, con sus 6.962 metros de altitud es el punto mas elevado de América, pero... ¿cuantos sabemos que la Laguna del Carbón con 107 metros de profundidad bajo el nivel del mar es la mayor depresión continental en América, en el hemisferio sur y el hemisferio occidental ?
¿Será que nos indica algo a los argentinos el hecho de que el punto más alto y el punto más bajo del continente americano se encuentren en nuestro país?

República Argentina, Provincia de Santa Cruz, cercanías de la Ciudad (?) de San Julián, 48 kilómetros al sur por la Ruta Nacional 3, aproximadamente en el km 2300 de la misma

El poeta más desacreditado

Estación Caballito


            Jamás lo vi arrugar ante una pelea, aunque para ser justo, también debo decir que jamás lo vi ganar ninguna –comenzó diciéndole el Bochi a los tres pibes que andaban cartoneando leyendas urbanas por el barrio, con un grabadorcito de periodista y que después de pasar por Bagatela, vinieron a “La Fosa”, buscando a Germán el eterno, quien, seguramente sabiendo sobre estos tres chicos, el flaquito de rastas grises, el colorado de aire melancólico y el otro flaquito de cabello largo, todos ellos estudiantes de alguna carrera de esas que se dictan en la Facultad de la calle Puán; esa tarde no apareció por el bar

***LAS PIRÁMIDES ROJIZAS***

Molinos en la Meseta
Volvía ese domingo de pasar el fin de semana en el campo, donde algún descuidado o pirómano, con las hojas manuscritas que transcribo más abajo -y que entregué a la policía-, quiso encender fuego en una zona de la Laguna de Los Patos, muy castigada por la seca; cuando el Pecoso, puso su bici junto a la mía y a los gritos me preguntó:
-Che, vos que siempre andas por allá –y señaló muy vagamente con la cabeza cualquier punto de la meseta- ¿por casualidad no lo viste al "yoyega" ese que lo medía y le sacaba fotos al Truncado…?

***EL LIBRO DE NÁCAR***

Esa noche de fines de agosto, cuando salimos del Café Literario del pueblo, ya había dejado de nevar y el viento del oeste arrastraba restos de nubes, que ocultaban de a ratos la luna llena. No hacía frío en Pico Truncado y decidimos caminar las tres cuadras que nos separaban hasta la casa de Aurora, donde sabíamos que nos esperaban las delicias de un bar muy bien surtido.
-Muy de Lovecraft- dijo alguien del grupo que marchaba a la cabeza.
Susana y yo íbamos detrás, hablando de libros mientras yo, con disimulo, trataba de distinguir en la oscuridad

***EL KUBLA KHAN***

-1-


Bar La Fosa
Cuando pasé aquella tarde por La Fosa, me llamó la atención no verlo a través del vidrio siempre neblinoso a Germán, el Eterno, sentado junto a la ventana observando la gente que suele caminar por la calle Rojas.

Ni siquiera se me ocurrió sospechar que hubiera ido al baño, porque sobre su mesa no estaban los sempiternos vasos de ginebra de los que él suele beber.

(-Canuto, para mi hemisferio izquierdo bebo con la derecha y con la izquierda tomo la ginebra que quiero que alimente la parte derecha de mi cerebro- me respondió cierta vez que le pregunté por qué dos vasos, dejándome aún más confundido y sin muchas ganas de indagar más por sus manías).

Al pasar de regreso, ya casi llegando la noche, su mirada sin tiempo resonó dentro de mi cabeza mientras yo me encontraba distraído mirando el vaivén delantero de una hermosa señora que venía caminando por la vereda hacía donde me encontraba.

Respondiendo a la llamada, y sintiendo curiosidad por el lugar donde podría haber ido Germán, el Eterno aquella tarde, entré a La Fosa a tomar una ginebra y ver si pintaba alguna historia como la que una vez me relató sobre los libros impresos con una letra de diferencia entre ellos.

-Supe Canuto –dijo a modo de saludo Germán, el Eterno, mientras me invitaba a sentarme en su mesa con su gesto típico para tales ocasiones-, supe que me anduviste buscando.

-Heriberto, ¿me traes una ginebra?, ah, y llená el vaso derecho de Germán, el Eterno –respondí también como un saludo indirecto a ambos y me senté e la mesa de mi amigo, junto a la ventana.

Sin decir una palabra más, bebió de su vaso izquierdo, mientras observábamos cómo en la calle, dos ratis atrapaban a un flaco que –después me enteré- con más hambre que miedo, quiso llevarse los pocos pesos que esa tarde había juntado el kiosquero de la otra esquina y de bronca porque no tenía casi nada, le rompió el vidrio de la heladera de gaseosas.

-Parece que no hay muchas ganas de historias –pensé-, y como siempre, adivinando mis pensamientos, Germán el Eterno dijo:

-Comencé a ojear el libro que me prestaste, aunque sabes que casi nunca leo, y si bien, después de un viaje como el que me mandé esta tarde no me quedan muchas ganas de conversar, te diré mi opinión sobre lo que dice el gorilón ese que te gusta tanto.

Jamás escuché a Germán, el Eterno, provocar a alguien con palabras o hechos, por eso supuse que el viaje de esa tarde –donde haya sido- lo debió cansar en serio, por eso le pedí a Heriberto que ahora llenara su vaso izquierdo, casi vacío.

Con un vaso de ginebra en cada mano, como es su costumbre, y sin dejar de prestar atención el revuelo que se armó entre los vecinos, los patrulleros, el kiosquero y el chorro, comenzó a hablar.


Poema Original
-Borges dice –arrancó directamente- que de un sueño provocado por las drogas, el poeta inglés Coleridge extrajo en 1797 el poema inconcluso Kubla Khan, de poco más de 50 versos, rimados e irregulares, y con una de las prosodias más exquisitas del idioma inglés; donde se describe el palacio edificado en Xanadú por el Kublai Khan, un emperador mogol, quien, sin que Coleridge pudiera haberlo sabido, también había soñado ese palacio en el Siglo XIII y le había ordenado a sus arquitectos que lo construyeran a partir del plano que él mismo guardaba en su memoria .

-Esa es la esencia del ensayo, Canuto –me dijo mientras bebía de su vaso derecho- Por una ¿extraña? simetría ambas obras actualmente se encuentran en ruinas.

Yo despegué los ojos del bardo de la calle y lo miré como diciéndole que ya sabía eso. Sin prestar atención a mi mirada, continuó:


Samuel Taylor Coleridge
-El tiempo, ayudado por algunas de las invasiones o revueltas que asolaron la Mongolia después del Siglo XIII, destruyó el palacio de ladrillos, mármoles, oro y espejos. Hacia fines del Siglo XVII, mediante otro sueño, se intentó reconstruirlo de papel y símbolos dibujados con tinta y una pluma de ganso.

En este punto del relato, llegaron más patrulleros y el amontonamiento de gente en la vereda, no nos dejó ver la indignación del kiosquero, que a los gritos, pedía la pena de muerte como venganza por su vidrio roto.

-Digo que se intentó reconstruirlo –continuó Germán, el Eterno aislándose del tumulto callejero- porque cuando Samuel Taylor Coleridge despertó del sueño provocado por las drogas, recordaba haber compuesto -o recibido, aclara Borges- un poema de unos trescientos versos, pero una visita que llegó al promediar la escritura del verso cincuenta y cuatro, hizo que olvidara todo el resto, conservando apenas una vaga idea de qué es lo que seguía.


-O sea, simplificando, construyó un palacio que desde su inauguración fue una ruina -terminó la idea, después de una breve pausa- Sencillamente eso.

El Kublai Khan
Quienes escribimos –pensé- sabemos de la sensación que nos invade cuando tenemos todo un poema in mente y de pronto cualquier distracción nos lo hace perder. Sabemos que el poema está ahí todavía, pero alejándose a cada instante de nosotros, logramos adivinar sus contornos, quizá entrever su espíritu, pero nos sentimos incapaces de penetrarlo con la claridad que lo habíamos hecho cuando nos “bajó”. Y, por supuesto, totalmente incapaces de escribirlo.

-De todo aquello, colige Georgie –continuó Germán el Eterno luego de sentir que había terminado la corriente de mi pensamiento- que hay una inteligencia a la que, sin afectarle los siglos ni los continentes, quiere imponer a la realidad (a nuestra realidad) el palacio del Kublai Khan y que es posible que dentro de algunos siglos, en algún lugar de la Tierra, otra persona vuelva a soñar y edifique el palacio, ya sea como música o como trozo de mármol, sin sospechar que antes que él, otros dos soñaron lo mismo y lo impusieron como palacio y como poema, (o al menos sus almas dormidas fueron manipuladas para hacerlo) -concluyó.

Haciendo una pausa para beber de su vaso izquierdo, miró mis ojos, para averiguar si le seguía la charla o estaba imbuido nuevamente en mis pensamientos

-Me resulta extraño –continuó- que Georgie haya concebido la existencia de esta inteligencia y, pese a haber supuesto que para ella un palacio, un poema, una partitura o un trozo de mármol es exactamente la misma cosa, no haya siquiera sospechado –al menos el ensayo que estuve cotejando no lo señala así- que antes hubieron otros “palacios del Kublai Khan” con distinta forma (a nuestros ojos).

-¿Antes del palacio? –pregunté.

-Que una inteligencia de tal magnitud haya fracasado dos veces consecutivas (al menos son dos los fracasos que en su ensayo registra Georgie), debe sugerirnos, Canuto, que hay otra inteligencia, parejamente poderosa, empeñada en erradicar de la realidad, aquello que a nuestros ojos apareció alguna vez como el palacio del Kublai Khan.

-Y si doy ya por sentada esta batalla -chiquitín- no tengo por qué ubicar su primer origen en la noche en que el emperador Mogol soñó.

Dando un beso a su vaso derecho, casi con parsimonia, concluyó esta idea:

-Canuto, esta guerra se viene librando desde el comienzo de los tiempos.

Y cuando dijo eso, acomodó su cuerpo para poder mirar mis reacciones.

-En los siglos iniciales del planeta, cuando aún la vida estaba representada tan sólo por unas pocas moléculas que flotaban a la deriva en el océano único; en el continente -también único- que hoy los científicos llaman Pangea, un río extraordinariamente crecido, arrastró contra el estrecho paso entre dos montañas, las piedras que formaron un dique; y ese dique, Canuto, fue el palacio del Kublai Khan. Y ese dique Canuto, fue desbaratado por la siguiente crecida extraordinaria.

Se detuvo un instante, mirando al techo, como buscando (o recordando), otro ejemplo y continuó diciendo.

-La disposición que hace millones de años formaron los árboles de un bosque patagónico hoy petrificado, fue el palacio hasta que un rayo ¿accidentalmente? incendió algunos de esos árboles a poco de haber logrado aquella configuración (aunque si hubiese destruido solamente un árbol, el bosque también hubiera dejado de ser lo que secretamente era).

-Una bandada de aves volando en formación en lo que hoy llamamos Siberia, fue palacio, y esa formación desperdigada por el ataque de un aguilucho y la muerte aterrorizada de uno de los pájaros dejó de serlo.

-Haceme un favor, chiquito, llamame a Heriberto –se interrumpió mientras subían al chorro, esposado en uno de los patrulleros- tengo vacío mi vaso izquierdo.

-El Libro de las Pirámides Rojizas, copiado de unas piedras por el monje Ibrahim Mur-Staf , cuyo único ejemplar se perdió en el incendio de la Biblioteca de Alejandría, también fue palacio…

-Un barco y su tripulación, hundidos camino a la guerra de Troya…fue palacio.

-El poeta leproso Kvo-Lang, a partir de su décimo noveno poema fue palacio y siguió siéndolo hasta que murió lapidado en la ribera norte del río Si-Kiang, mientras intentaba escribir su vigésimo primer poema, el inconcluso.

-Un profeta crucificado hace casi 2000 años en el oriente medio…fue palacio.

-El vientre maduro de una hembra virgen quemada por bruja (por los seguidores de aquel profeta) en la Europa oscurantista…fue palacio

-El palacio soñado por un rey mogol…fue palacio

-Un poema incinerado por el opio y la visita del Prior de Exmoor, fue palacio.

Y sonriéndose anticipadamente de mi sorpresa, terminó:

-El cristal que protegía el frío de las gaseosas de un kiosco de Caballito, quebrado por un ladronzuelo frustrado, fue palacio…

Impactado por esta última revelación, quedé helado, sin que mi cerebro lograra entender la magnitud de lo que acababa de oír. Tardé segundos -o años- en relacionar aquello que vimos hacía instantes nomás, desde la neblinosa ventana, en la vereda del bar, con las palabras y la sonrisa cachadora de Germán, el Eterno.

Cuando logré ordenar mis desordenados pensamientos, le grité a Heriberto, mientras ganaba la calle, que enseguida volvía a pagar mis ginebras y corrí hasta el kiosco de la otra esquina, donde la esposa del kiosquero, diligentemente, ya había recogido los trozos de vidrio colocándolos en una caja de cartón que hacía menos de un minuto había sido llevada por el camión de la basura.

Alcancé a ver como el camión compactador, transportaba las ruinas del palacio, por la calle Bogotá, mezcladas con desechos urbanos, hacia algún relleno sanitario del conurbano.

Me alegré cuando después de un desesperado vistazo por el suelo, encontré un trozo de vidrio que supuse de la heladera y al cual la esposa del kiosquero no había alcanzado a barrer porque estaba medio oculto entre la heladera y el exhibidor de caramelos Arcor.

Ante la mirada desconfiada de la esposa del kiosquero, lo guardé entre mis ropas como si fuera un diamante de Samotracia y durante días lo llevé conmigo a cualquier lugar al que debí ir.

Pasado un tiempo, lo olvidé en el bolsillo de un vaquero que me había cambiado y a partir de ese día, me acostumbré a dejarlo en casa.

Cada tanto, sobre todo en las excepcionales noches en que no encuentro a Germán el Eterno sentado en su mesa junto al ventanal de La Fosa, tomo el trozo de vidrio y lo contemplo buscando no se qué señal, pero por más que lo miro, nada distintivo encuentro en él.

Cada día que pasa me parece más un trozo de vidrio común y corriente que la ruina de un palacio impuesto a nuestra realidad -y destruido en ella- por la guerra eterna, según nuestra forma de concebir el tiempo, entre dos inteligencias que se encuentran mucho más allá de cualquier intento de comprensión humana.

Y aunque estoy seguro que esto no es una broma de Germán, el Eterno, cualquiera de estas noches lo saco con la basura.

 
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(1) Mediante una comparación con libros de un mismo ejemplar y edición, que difieren entre sí, tan sólo por una letra cualquiera ubicada en cualquier página, Germán, el Eterno, me demostró que pese a ser únicos, cada uno de nosotros tenemos miles de copias en este mundo. Al menos para quien debe “leernos”. (NdelA)

(2) Se trata del ensayo “El sueño de Coleridge”. Borges, Jorge Luis. “Otras Inquisiciones”. Pág. 26 Alianza Editorial. Barcelona, 1998. (NdelA)
(3) “Al este de Shang-tu, Kublai Khan erigió un palacio, según un plano que había visto en un sueño y que guardaba en la memoria”. Compendio de Historias, de Rashid ed-Din, aparecidas fragmentariamente en Europa alrededor del año 1836, es decir casi 40 años después de la publicación del poema y 20 años después de que Samuel Taylor Coleridge relatara cómo lo escribió. (Rashid ed-Din fue visir de Ghazan Mahmud, descendiente de Kublai). “El sueño de Coleridge”. Borges, Jorge Luis. “Otras Inquisiciones”. Pág. 30. Alianza Editorial. Barcelona, 1998. (NdelA).
(4) En el ensayo titulado "El Libro de Las Pirámides Rojizas" de Jorge del Camino, se hace una de las pocas referencias que existen, respecto a esta obra del monje persa Ibrahim Mur-Staf (NdelE)


***DEL LIBRO DE LOS ACUERDOS***


Las horas, minutos y segundos son incomodidades no decimales que nosotros, los hombres, inventamos para nuestra comodidad cuando debemos contar el tiempo y que no son tomadas en cuenta por quienes –precisamente- conciben ese tiempo.
Esto lo afirmó así, tan rotundamente, porque accidentalmente descubrí que hay un libro –ya me lo habían anticipado los astros; también el viento patagónico; me lo dijo el estruendoso silencio de las minas; una tarde de invierno me lo señaló un desencuentro en San Telmo- decía, hay un libro, a cuyas páginas, salvo una fisura en el Universo ningún mortal jamás tiene acceso; y en él se encuentra anotada la cantidad exacta de días que va a permanecer viva cada entidad que ha sido provista de vida.