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***EL LIBRO DE NÁCAR***

Esa noche de fines de agosto, cuando salimos del Café Literario del pueblo, ya había dejado de nevar y el viento del oeste arrastraba restos de nubes, que ocultaban de a ratos la luna llena. No hacía frío en Pico Truncado y decidimos caminar las tres cuadras que nos separaban hasta la casa de Aurora, donde sabíamos que nos esperaban las delicias de un bar muy bien surtido.
-Muy de Lovecraft- dijo alguien del grupo que marchaba a la cabeza.
Susana y yo íbamos detrás, hablando de libros mientras yo, con disimulo, trataba de distinguir en la oscuridad
nocturna, el color verde de sus ojos que tanto me había llamado la atención en el Café. Seguramente movida mi lengua por el buen cabernet que nos habían servido, impostando la voz dije:
-Cuando sopla el viento del oeste y brilla la luna llena tapada de a ratos por retazos de nubes, nos sentimos inclinados a convocar nuestros temores más recónditos.
Hasta yo reí a carcajadas de una frase tan "rebuscadamente profunda", pero así y todo, Carlos, Enrique, Germán, Aurora, Susana y yo, continuamos hablando de miedos insertos en libros y películas, mientras la nieve crujía muy suave bajo nuestros pasos.
Una vez que terminamos de instalarnos en la espaciosa sala de la casa de Aurora, habiendo sido saludados uno a uno, por Bepo, el golden de la familia, Enrique retomó la charla.
-No creo en esas películas como Martes 13 donde el horror es algo espectacular. No logran convencerme, me causan risa. -dijo mientras le servía a su enorme corpachón de casi 2 metros de altura, un vaso del excelente pisco peruano del bar de Aurora- No me llegan a asustar.
-Están pensadas muy a lo yanquee. Mucha sangre, mucho horror a la muerte por la muerte en sí misma –coincidió Aurora, quien, menuda, casi frágil trataba de acomodar su cabellera negra sometida a la “brisa” patagónica, mientras preparaba café caliente para todos- y siempre vienen acompañadas de todo tipo de golpes bajos…
-Si…nunca falta un pendejito angelical en peligro; jamás el tipo medio dolobu que seguro muere porque lo paralizó el terror; nunca falta la minita linda y por supu, el héroe que sin nada de miedo se arriesga por los demás y al final se queda con la rubia, el auto y el caché del mejor actor -intervine diciendo tonterías, como para no quedar fuera de la charla, mientras trataba de llamar la atención de Susana con el propósito de tener ocasión de hacerle "propuestas indecentes" para el final de esa noche de sábado.
-Me recuerdan a esas pelis del Llanero Solitario, donde el muchachito y la…-comenzó a decir Enrique.
-Prefiero asustarme con Poe o con Lovecraft -Insistió Aurora, ya con la bandeja en la mano y casi peinada- En "El color que cayó del cielo" jamás se describe más que como una especie de mancha de aceite a eso que cayó en el pozo de la cual toma agua el protagonista, pero cuando lo leo, me perturba tanto que esa noche, seguro no duermo.
-Dale, ¿te asustás por un par de boludeces escritas por un tipo hace más de 100 años? –pregunté yo, exagerando los años desde que fue escrito ese cuento.
-No, no es miedo, es…inquietud, es algo que invade mi soñar y me despierta varias veces en la noche, es un clima enrarecido, una sombra entre las sombras, un ambiente tan especial que me convence que hay muchos universos muy próximos a nosotros a los que aún no descubrimos, pero que de todas formas, nos afectan, interfieren con nostros–me respondió muy seriamente.
-O no se han querido mostrar –acotó Carlos, cómodamente sentado junto a Susana, quien aún permanecía callada, disfrutando de la luz de luna que entraba por la ventana.
-El mismo Borges intentó crear ese clima lovecrafniano en "There are more things", pero pese a su genialidad no lo consiguió. No llega a perturbar tanto como Lovecraft –sostuve yo, citando a mi autor preferido, mientras trataba de adivinar dónde Aurora tiene oculta la botella de Ballantines, a la vez que calculaba mis escasas posibilidades con Susana si Carlos no dejaba vacío el asiento de junto a ella.
-Lo que pasa es que esos tipos sabían ambientar. En "El color que cayó del cielo", la escena transcurre en una cabaña alejada, situada en un bosque montañoso de Estados Unidos; "Los crímenes de la calle Morgue", suceden en los sitios más sórdidos de Londres –terció Germán- Pero cosas raras suceden en todos lados. "Cosas vederes, Sancho, que non crederes", sino, escuchen esto que…
-Quizá las peores cosas ocurren fuera de los sitios lúgubres –interrumpió Enrique…quien se había dado cuenta de mis intentos de acercamiento a Susana y hacía señas a Carlos para que se levantara del sillón que compartía con ella-, pero si las ambientás ahí, seguro que ya tenés un anzuelo más para atrapar al lad…al lector
-Borges ambienta su cuento de terror en una quinta de los suburbios de Buenos Aires, creo que en Lomas de Zamora, la cual, después de las reformas que no quiso realizar aquel ingeniero escocés a quien se las encargaron; sí, se transforma en una especie de tapera de tres pisos, tipo casa de los Locos Adams, pero antes era una casa común y corriente –dijo Susana mientras yo ponía un cubito de hielo en el Ballantines, ante la mirada horrorizada de Aurora.
-Al buen wiskie nada de hielo, animalito –recibí su reto.
(Creo que Aurora confunde el wiskie con el vino.)
-Seguro que sí. –continuó con la charla Carlos- Fijate sino lo que pasa en la Casa Rosada de Buenos Aires…o en la Casa Celeste de Pico Truncado. No parecen sórdidas por fuera, pero adentro, ¡mamita! ¡qué bolonquis!
Germán, que ya estaba embalado, no paró ante las risas que este comentario sobre la "casa celeste", nos causó a todos. Afuera el viento había cesado y la luna, espléndida, nos regalaba en su proximidad con Júpiter un cielo hermoso, en el que solo Susana y yo parecíamos fijarnos.
-Hace como 3 años estuve en la biblioteca municipal buscando un ensayo de Sepúlveda Palma sobre plantas xerófilas de la Patagonia...-comenzó a decir Germán, siendo interrumpido por Carlos.
-Dale chabón, vos ibas mucho a esa biblioteca mientras trabajaba aquella rubiecita de mirar melancólico... ¿Cómo se llamaba? ¿Alicia era?
-Que se yo, boludo, cortala que esto es serio. Ese día estaba buscando el libro de Sepúlveda Palma y chau…cuando me llamó la atención un libro de tapas nacaradas, más parecido a un libro de catecismo que a uno de botánica -Siguió contando molesto por la interrupción Germán.
-Ahora encara un cuento de Borges con biblioteca sórdida incluida. ¡Mirá si lo conoceré a éste! –dijo Carlos a todos, provocándolo amistosamente con un ojo, mientras con el otro ojo pispeaba para ver mis avances románticos.
-Vos viste que la biblio no tiene nada de sórdido. Siempre limpia, llena de ventanas abiertas por donde el sol entra a raudales, los pasillos amplios, pero desde que agarré ese catecismo, me sentí perturbado y comenzó a recorrer mi mano izquierda una especie de calorcito, que en un principio adjudique al material de tapa. Era nácar o algo así -Siguió Germán, ya embalado.
-Con la falta de guita que tiene en la biblio solo compran ediciones baratas -dijo Susana- ese debe haber sido un regalo
-O un libro abandonado allí- apoyé yo a Susana
-Lo abrí y estaba en blanco. Es una joda me dije…en el libro no había nada, ni letras, ni fotos ni nada –Germán, mientras decía esto, hacía la mímica de abrir y recorrer las hojas de un libro.
Bebió un trago como haciendo un paréntesis histriónico y continuó:
-Es un álbum para pegarle fotos, me dije, y mientras tanto mi mano izquierda continuaba sintiendo el calor que al parecer le transmitían las tapas de ese libro tan raro para una biblioteca de pueblo.
-Dale salame, deja de hacer literatura, era un álbum que alguien se olvidó y la bibliotecaria o una de las empleadas lo dejó ahí por el título –lo azuzó Carlos, que medio picado porque yo estaba sentado muy cerca de Susana y veía que ya nos entendíamos muy bien.
-Sí, quizá se llamara "Mis flores más hermosas", para que una mamá babosita con las fotos de sus hijos, las pegara ahí….y la bibliotecaria habrá dicho:"…ah, debe ser de botánica" y lo dejó en esa sección-comentó Susana sonriéndose.
-Error. No tenía titulo. En sus tapas tampoco había nada escrito… aparentemente. Con la derecha separé los libros de la estantería para volver a dejarlo donde estaba, pero sentí que mi mano izquierda ya no me obedecía, sentí –y no se caguen de risa- que desde la tapa del libro se habían insertado en mis manos una especie de raíz…
-Claro, era la sección de botánica –dijimos varios, casi a coro, mientras reíamos.
-…que ya estaba formando parte de mí –nos ignoró Germán.
-Ahora nos cuenta una del "Increíble Hulk" o el "Hombre Cuaderno" –comentó Enrique que había ido al baño, pero no se había perdido nada de la charla.
-Miré por entre los anaqueles, hacia el mostrador. La bibliotecaria, estaba anotando algo en ese enorme Registro verde que tienen y no me prestaba atención –continuó relatando Germán, ya acaparando la atención de todos- Estoy enfermo, me dije. Esa lata de caballa del almuerzo estaba fea, me dije. Esa bendita lata me intoxicó, me dije.
Como para hacer un alto en el relato tendiente a atraparnos más aún, nos comenzó a explicar:
-Cuando la irrealidad se aproxima así, despacio, tangencialmente; cuando se nos acerca queda y nos invade casi con ternura (ternura irreal), siempre adjudicamos a causas naturales aquello que es inherente a lo desconocido –abre otro paréntesis para continuar explicando- Llamamos gripe H1N1 a la Muerte; llamamos sonido del viento a las voces que se escuchan en la Quebrada del Truncado; llamamos insolación a las imágenes que a veces se nos cruzan cuando trepamos por las laderas del Cerro Mesa…
Hizo una pequeña pausa para beber otro trago y continuó:
-Yo, no pudiendo escapar a esa regla, le adjudique el calor en la mano, la imposibilidad de mover el brazo, la sensación de traspasar límites que jamás había traspasado y a los que seguramente muy pocos llegaron; a una lata de caballa en mal estado que ese mediodía había comido mezclada con arroz hervido y arvejas de otra lata –agregó Germán que siempre se queja de sus almuerzos porque vive solo y no le gusta la cocina.
-Sentí nauseas, sentí que necesitaba atención médica y temí ser víctima del botulismo ahí, en medio del pueblo, en un pasillo bastante luminoso, pero poco transitado de la biblio. Tuve la intención de dejarme caer al piso para que la bibliotecaria separara la vista de su Registro verde y llamara una ambulancia, pero en ese instante, para mi sorpresa descubrí que el piso ya no existía, que el libro de nácar iba poco a poco cubriéndose de letras cuyo significado, aún, no podía aprehender y de imágenes que, vagamente familiares, me rodeaban suplantando los estantes y libros el pasillo donde hasta instantes antes estaba parado.
Ya estábamos atrapados con el relato. Aurora sentada en su sillón favorito saboreando un vaso de vino blanco, Carlos acodado en el bar, Enrique atento, con su pisco, de pie junto a Carlos, yo rozando como al descuido la mano de Susana en el sillón de dos cuerpos y Bepo en silencio, enroscado en su alfombra, al parecer cansado de repartir sus lengüetazos a todos.
-Entré a borbotones, casi caí en la imagen de la primera página –continuó Germán- y me encontré caminando por una quebrada donde alguna vez debe haber habido un sendero. Sentí sed.
Esto lo dijo mientras se servía otro vaso de Ballantines, pero sin hielo, seguramente para no ligar el reto de la dueña de casa, porque siempre veo que lo toma con dos cubitos.
-A mi derecha corría un pequeño arroyo de aguas claras, lleno de plantas de berros, cuyo origen estaba a unos 30 metros, en una vertiente entre las rocas. Bebí del agua de ese arroyo y me supo a agua caída de cielos lejanos, cielos muy, muy lejanos.
Bebe un sorbo de su vaso de whiskie y sigue diciendo:
-Frente a mí distingo lo que en un tiempo habíamos llamado Cerro Mesa, pero lo adornaba, cubriéndolo totalmente, una enorme campana diáfana, que más que campana tenía la forma de pimpollo de rosa…o de cápite de una iglesia ortodoxa rusa. El color suavemente celeste inclinaba más a esta última comparación.
-De alguna forma supe que a mi derecha se encontraba el cerro al que llamábamos Pico Truncado –agregó- y que en este hoy, es una pirámide roja y reluciente, similar a otra pirámide ubicada en las antípodas, ambas conectadas entre sí y también conectadas al Cerro Mesa(1) .
El silencio de la sala, solo se interrumpía cada vez que Bepo, entre sueños, emitía quejidos. Quizá estuviera soñando que perseguía guanacos por el campo o gatos por la calle Moyano.
-Quise ver detrás de mí, y no necesité girar la cabeza. Era poseedor de una especie de vista súper angular, pero de 360 grados. Vi que del pueblo ya nada quedaba, que la vegetación patagónica había vuelto a reinar sobre las calles poceadas, las casas grises y las palmas saturadas de cables. Casi derramo una lágrima por el Pueblo, pero… con alegría veo que no desapareció totalmente.
Hizo otra pausa para recoger su vaso casi vacío, el que una vez dejado en la barra fue llenado por Aurora.
-Allá, por el naciente hay una especie de bosque enorme, donde antes estaba la Laguna de los Patos. Los árboles son extraños, pero sin duda son árboles y salvo ellos, no se distingue otro tipo de vida. Algo de nosotros quedó –me consolé-, nuestras heces perduran –dijo Germán señalando hacia donde él presume que está la Laguna de los Patos, formada por las aguas servidas de Pico Truncado, donde hoy habitan cientos de cisnes, piches, zorrinos y otros bichos.-Intenté bromear conmigo mismo diciéndome que siempre había considerado al mundo una mierda, y eso lo comprobaba, pero no me causé ninguna gracia –concluyó la idea Germán.
Bebe otro trago del vaso que le sirvió Aurora y continuó, ya muy embalado.
-Al cruzar un río, vi a mis espaldas la pirámide rojiza que en unos eones más se iba a transformar en el llamado Pico Truncado y frente a mí, la meseta del que será llamado Cerro Mesa fatigada por seres y máquinas.
Nos miró profundamente. Por un instante todos nos sentimos en el Valle del Deseado, caminando hacia una campana celeste que protege el Mesa y a quienes por su meseta se desplazan. Sentí una especie de calor recorriéndome. Susana también al parecer perturbada, tomó mi mano.
-Entonces, una a una fui comprendiendo las letras que en un principio estaban ocultas a mi entender, invisibles, en el Libro de Nácar: Esto que hoy ven mis ojos bajo la verdosa luz de un sol naciente, ha sucedido hace mucho tiempo, en un tiempo y en un lugar en los que la Biblioteca de Pico Truncado aún no existía, -dijo Germán- y volverá a suceder nuevamente cuando así lo decida una cierta configuración astronómica en la cual reinará un pequeño sol amarillento y donde una luna(2) que todavía viaja por el espacio sideral, más allá de la nube de Ort, va a ser la protagonista principal.
Con delectación por el interés conseguido con su relato, Germán apuro de un solo trago el wiskie.
-Entendí –dijo y su voz temblaba- que cuando ese tiempo llegue, los cálidos libros de nácar que se leen a través de la piel, llenarán varios, muchos estantes de nuestra biblioteca La luz verdosa del sol ya estaba tiñendo la cúpula que cubre el Cerro Mesa(3). De alguna forma supe que mi tiempo de saber, está llegando a su fin.
-Amanecía, dijo casi en un susurro
-De repente –alzando la voz, continuó-, regresaron las náuseas y nuevamente volví a estar en la biblioteca con el libro de nácar de páginas en blanco, en la mano, el que dejé caer en el piso, mientras corría hacia baño para evitar vomitar entre los anaqueles.
Germán hizo una pausa para esperar el regreso de Aurora, que había llevado a la cocina las tazas de café que nadie bebió. Al regresar ella continuó:
-Cuando salí del baño, pedí disculpas a la señora que continuaba anotando datos en su Registro sin inmutarse, pese a que yo sabía no pudo dejar de escuchar la caída del libro al piso o mis arcadas y, lo más dignamente que pude, comencé mi retirada de la biblioteca.
Bebió un trago más, como para darse valor y muy despacio, nos dijo:
-Juro que cuando atravesé la primera puerta de cristal, sentí su siempre amable sonrisa y su mirada clavada en mis espaldas y mientras en mi cabeza se formaban las palabras " ya estamos volviendo, los humanos no estarán solos", y entonces comprendí que se trataba de una mirada dulce, acostumbrada a pasearse por los objetos iluminados con la luz esmeralda de un sol que hace mucho tiempo ha dejado de abrigar sus mundos.
Nuevamente, levantando la voz y los hombros caídos, agregó:
-En la vereda ya me sentía bien. El viento había menguado, el sol estaba hermosamente radiante, ya no tenía malestar y mis ojos, automáticamente se posaron en las secas laderas del Cerro Mesa, donde algún día, cuando la luna lo ordene, ellos llegarán –terminó su relato Germán, dejándonos boquiabiertos y con la angustiante sensación de no saber si eso que terminó de relatar, le había sucedido en verdad o era un intento literario. Inútil fue insistir, no quiso agregar más nada al respecto.
Aquella madrugada, cuando caminábamos hacia mi casa tomados de la mano, Susana y yo no podíamos dejar de mirar hacia el Cerro Mesa, mientras comentábamos el relato de Germán, pese a que la Luna y Júpiter acompañándose –como nosotros dos- engalanaban el poniente en el claro amanecer truncadense.
Sus ojos, del color de un sol que jamás veré, me consolaron de la suave sensación de melancolía, que a partir del relato de Germán, se había apoderado de mí.

(1) "En las afueras de la Ciudad de Pico Truncado a 15 Kms del valle del Río Deseado, un escultor argentino llamado Carlos Regazzoni construyó en 1997 una obra conocida como "El Bridasaurio" que es un dinosaurio montado –soldador mediante- con deshechos petroleros aportados por la Empresa Bridas y que, como rareza tiene cola bífida. Una de las puntas de esta cola señala el Mont Pico Truncado y la otra el Cerro Mesa. Tanto Regazzoni como quien fuera gerente de Bridas en ese año, Charles M. Durcois, son miembros de la Logia Gran Fraternidad Homogénea." Juan del Camino. Las Pirámides Rojizas. Pág. 5 Ed. Sur. Bahía Blanca 2006 (N del A)

(2) "…existe una tradición entre los habitantes del centro de Australia en la cual se afirma que desde una meseta ubicada hacia el poniente, partirán mensajes a los Dioses cuando la luna así lo ordene y que una vez que éstos los reciban, retornarán a esa meseta" Dominici Smith, Daniel "Catálogo de Entelequias y Sinrazones" Cap. V Pág. 461, Ed. Universo. Barcelona. 1998 (N del A)



(3) "Frente a la plaza Sarepramanda de New Delhi vive un niño autista que en la escuela donde concurre, al intentar dibujar la foto de una formación en "V" de aves migratorias, plasmó en el papel un paisaje con muchos detalles. Su maestra, sorprendida, mostró el dibujo al pintor sueco y miembro de la Logia Gran Fraternidad Homogénea, Olaf Jungensen, quien de inmediato identificó al Mont Pico Truncado, ubicado en la Patagonia, al sur de América. El día anterior, 19 de junio de 1970, el sol del atardecer, tuvo un llamativo tinte verdoso que sorprendió a todos en New Delhi e incluso fue nota en el periódico de mayor circulación en la ciudad, el Magister Post". Longsam Rampa "El Ojo Oculto" con ilustraciones. Pág. 25 a 31 y Pág. 59. Ed. True. London 1971.(N del A)




1 comentario:

  1. soy de la provincia de Córdoba, participo en un taller literario, emociona este cuento del autor patagónico, se desliza la trama entre la realidad y la magia!!!!! me recuerda nuestras noches de charlas interminables leyendo y releyendo nuestras cosas,,y estas creaciones tambien!!!! te felicito Jorge Maria Victoria

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